La luz y el grito

cover fioreLa luz y el grito

Introducción a la poesía de Elio Fiore

de María Amata Di Lorenzo

(publicado en Italia por Portosicuro Editore – edición ebook: abril 2016)

aún no traducido al español

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Existen hombres que pasan a través de la vida sin defenderse. Hombres que viven su vida, simplemente, pero que tantas veces la sufren, o algunas veces se alegran, pero nunca llegan a poseerla, sin apropiarse realmente de ella. Son los perdedores, los visionarios, de acuerdo a aquellos que juzgan de acuerdo a las categorías del mundo; son los profetas y los místicos, para otros, capaces de leer a través de la muchedumbre escandalosa de la Cruz toda la sabiduría que el mundo no ha podido distinguir.

A esta última tipología pertenecía el poeta Elio Fiore, quien murió en la capital el 20 de agosto del 2002 a la edad de sesenta y siete años. Con Fiore se perdió un poeta, un poeta auténtico. Nació en Roma el 12 de julio de 1935, bibliotecario en el Pontificio Istituto Biblico por más de veinte años, luego de haber realizado diversos trabajos, su experiencia trabajando en fábrica y por la enfermedad que descendió en su vida como una larga tiniebla por muchos años, Elio Fiore no era un “poeta laureado” y en el moderno caos de los medios de comunicación su voz de outsider asemejaba a la de la venganza de la que habla Isaías: «Me ha dicho mi Señor – Ve / Se la Venganza Nocturna / Aquel que ve y grita…» (Is 21, 6).

Y por más de treinta años, desde su primer libro titulado Diálogos para no morir, Elio Fiore ha gritado en sus propios versos lo que ha vendido, pero lo ha vendido solamente él, para hacernos partícipes a todos los demás, los “ciegos” del espíritu. Artista delicado y reservado, Fiore gozaba de la amistad y admiración de Eugenio Montale, Giuseppe Ungaretti, Mario Luzi, Carlo Bo. Una voz absolutamente única y original en el panorama literario italiano. Un poeta que ha recorrido por toda su vida una larga vía solitaria, lejano de las “camarillas” culturales y de los bombos y platillos de los medios de masa. «Un gran poeta, –  dijo de él una vez, con su habitual agudeza, monseñor Claudio Sorgi – pero se sabe: los poetas se vuelven populares en vida solamente si ganan el Nobel o si generan escándalos…».

Bautizado en San Pedro, Fiore vivió por más de veinte años en el corazón de la Roma israelita, en el Pórtico de Octavia; una circunstancia, esta, que ha influenciado enormemente su producción poética, alimentando su imaginación y haciéndolo copartícipe de la historia y de la tradición judía, tanto así que la Comunidad Hebrea le dio como regalo a él – “católico apostólico romano”, como amaba definirse – el elenco de los casi dos mil hebreos romanos capturados por los nazistas y deportados en las cámaras de gas en el otoño de 1943.

La locura del Holocausto, la dura memoria de los muertos, la búsqueda de Dios no en abstracto sino «en la sangre y en el grito de la Historia», la fe en la poesía y en los poetas, la necesidad de mirar y de contar, porque la escritura es un deber, un imperativo moral, así como lo es la memoria. Son los temas que conducen su producción literaria, junto con la fe en el invisible, la primacía de la persona, la necesidad del canto y de la profecía, que exprimen su estar religiosamente dentro de la Historia, con cada emblema de bien con cada metáfora del mal. «La fe y nada más es la vida – decía él – el resto no cuenta, es Historia».

Este libro que sale a la luz después de diez años de su desaparición quiere ser no una obra exhaustiva sobre el entero corpus de su producción literaria, sino una introducción a los temas esenciales de su universo poético, un acercamiento con pequeños pasos al mundo de este autor que merece salir del cono de sombra en el que las historias y antologías literarias contemporáneas parecen querer relegar tantas voces mucho más meritorias de nuestro Novecientos.

Personalmente he conocido al poeta Elio Fiore en el verano de 1993, cuando me dirigí a él para una entrevista que luego fue publicada en la tercera página de un periódico de Lombardía. He querido, por ello, poner al inicio del libro nuestra larga conversación de ese entonces, porque no hay nada mejor, a mi parecer, que permitir a un poeta hablar de sí mismo, en primera persona, de su propio mundo, de la propia vida y de las propias ideas. Quien lee puede obtener, me parece, una impresión más viva, un conocimiento directo, de primera mano, que ciertamente predispone a introducirlo de la mejor forma a la comprensión de su poesía, a superar esos aspectos recónditos normalmente secretos de la creación literaria, a dar del tú a un autor que hoy ya no está entre nosotros pero que la magia de las palabras hace que – hoy y por siempre – esté siempre presente y vivo.

(de la introducción al volumen La luz y el grito, Introducción a la poesía di Elio Fiore de María Amata Di Lorenzo, Fara Editores, edición impresa: enero 2012; edición ebook: abril 2016)

 

image_0LA ENTREVISTA

La luz y el grito. María Amata Di Lorenzo y la poesía de Elio Fiore

de SIMONA LO IACONO

Era un cristiano de los barrios pobres hebreos, y a quien le preguntaba el motivo de esta mezcla que para muchos era inaceptable entre el Dios de los hebreos y el de Cristo, oponía la desarmante realidad de María de Nazaret. En ella – decía – hebrea y al mismo tiempo madre del Cristo, todas las desarmonías de la historia se esfumaban como un juego, o como una fastidiosa capa de neblina.

Y así Elio Fiore vivía en el Pórtico de Octavia, en el corazón del barrio pobre de Roma. De este, de sus callejuelas marcadas por los nombres de diversas labores – vía de los carpinteros, vía de los torcedores de cuerdas – y erigido en honor de Júpiter y Juno, amaba el silencio, la falta de ruido y buscaba el sentido de la existencia que restituía al oído el sonido de los versos.

Era un silencio que cubría como una lápida misericordiosa la obscenidad del dolor, las bárbaras incursiones en la vida del hombre, la violencia de aquel tiempo. De hecho era aún un niño cuando, el 19 de julio de 1943, quedó atrapado bajo los escombros de su casa bombardeada y – cuando fue rescatado – asistió impotente a la deportación hebrea: filas de trenes hacia un destino desconocido, hombres como ataúdes que oscilaban ya muertos sin saberlo.

Desde este momento Elio Fiore se volvió más que un poeta, se volvió un testigo nuncio que no calla. Se convirtió en un grito. No por nada su recopilación “De purísimo azul” lleva como epígrafe las estruendosas palabras de Isaías: «Ve, se la venganza nocturna, aquel que ve y grita» (Is. 21,6).

Ahora su parábola de poeta y de hombre es llevada sabiamente a la luz de la mano delicadísima de María Amata Di Lorenzo, que pinta la naturaleza reservada y sin embargo sonriente, el misticismo todo venado de esperanza, el optimismo cultivado a pesar del «sangre y del grito de la historia».

Elio Fiore es un poeta del invisible, pero de una invisibilidad no lejana, no distante, completamente partícipe – al contrario – del dolor del hombre, encarnado en sus caídas y en su deseo de expiación. «He ahí, decía, la fe y nada más es la vida. Todo lo demás es Historia».

ragazzi-nel-ghettoPor lo tanto pido a María Amata Di Lorenzo que nos hable de él.

– Querida María Amata, tu ensayo “La luz y el grito” (Fara Editores) reconstruye maravillosamente la vida de un poeta que había sido olvidado y que – en cambio – gozaba de la admiración de artistas como Eugenio Montale, Giuseppe Ungaretti, Mario Luzi, Carlo Bo. Háblanos de él, de su recorrido poético.

Elio Fiore, que ha fallecido en el 2002, nació en Roma en el año 1935 e inició con la poesía en el año 1964 con la recopilación “Diálogos para no morir” bautizada por el gran Giuseppe Ungaretti, casi una “investidura” poética. Vivió por motivos de trabajo en diversas ciudades italianas hasta que pudo regresar a Roma, en donde trabajó como bibliotecario, y fue a vivir al Gueto, que tanta importancia luego tendrá para su dimensión poética y sobre todo humana.

Fiore vivía en el culto de los poetas del pasado y de aquellos que eran sus contemporáneos, pero no imitaba a ninguno ni asemejaba a ninguno. Por ello su recorrido es extremamente original, y se desenvuelve por casi cuarenta años a través de temas de la profecía, de la memoria, de la fe, de la necesidad de escribir, de mirar y de contar. Una misión tanto poética como personal.

– Los temas de la poesía de Elio Fiore son la memoria entendida como un deber moral, su atención hacia el eterno, su capacidad casi aséptica de vivir el presente a través de la lección del cielo. ¿Nos puedes contar sobre la vez que lo viste en su casa para entrevistarlo?

Tengo un recuerdo muy claro de aquella entrevista, a pesar que han pasado casi veinte años. Recuerdo aquel cálido atardecer de junio, las calles soleadas del Gueto, lo niños que llenaban el Pórtico de Octavia que recién habían salido de una escuela cercana, el silencio denso y profundo que me embistió apenas atravesé el portón de madera corroída, con los corredores desiertos y una coraza que se abría y aparecía el poeta: una persona humilde y reservada, pero también llena de ingenio y de gracia.

La entrevista fue muy placentera, a un cierto punto se rompió el registrador y yo transcribí todo en el cuaderno, sus palabras eran tan vivas y profunda, que habría podido repetir de memoria una por una porque me habían quedado impresas. Aquel día comprendí dos cosas: que se podía amar la escritura, la poesía, con una pasión pura e incondicionada, como hacía él, que vivía de poesía, se nutría de ella como las plantas se nutren de luz, y que se podía ser feliz creyendo en Dios. No me parecía una cosa posible, personalmente tenía una idea bastante enmohecida de la religión, aquella oída a medias en el catequismo cuando era niña, una serie de preceptos y de deberes sin ninguna gloria. Aquel poeta que veía ese día por primera vez hablaba mucho de Dios y tenía dentro una gloria incontenible, fortísima, absolutamente incomprensible para mí. Debía entender a cualquier precio de donde venía esa gloria, ese fervor. Afortunadamente aquel encuentro no fue un acontecimiento único, tuve la posibilidad de frecuentarlo y de disfrutar hasta el día de su muerte de su amistad, que ha sido muy significativa para mí y que me ha dado mucho, en el plano humano y literario.

Un día me hizo prometer que luego de su muerte habría escrito un libro sobre él, y es eso lo que he hecho: con este libro siento que he mantenido una promesa.

– La experiencia de la guerra ha tocado a Elio Fiore casi como un enseñamiento universal. Estos magníficos versos son suyos: «Aquí, en el secreto que mi morada, excava la voz / de la memoria, en el fragor del Tíber crece la piedad, / viva del 16 octubre 1943. Cuando mi pie inocente / fue bañado con la sangre de los justos de Israel. / Cuando los impíos gritaban, derribaban las puertas con los fusiles…». La guerra surge como un símbolo  de la condición del hombre, de su perenne lucha entre el bien y el mal. ¿Es así, querida María Amata?

portico-dottaviaExactamente, Simona. Por una parte está la guerra, la gran guerra, aquella que Elio de niño ha vivido en persona con sus atrocidades y sus horrores, y luego está la guerra, la otra, aquella cotidiana, aquella perenne lucha entre el bien y el mal como dices, aquella guerra que se desencadena principalmente dentro de nosotros mismos, que estamos normalmente lacerados, divididos, deseosos de ir hacia la luz pero empantanados normalmente en las tinieblas más densas. Este conflicto, pensándolo bien, es eterno. «La historia da a luz a monstruos – decía Fiore –, pero en la historia, a pesar de todo, se pone el providencial camino del Hombre hacia la luz».

– Finalmente, querida María Amata, háblanos del rol que de acuerdo a Elio Fiore debía tener un poeta. Un verso suyo recita de hecho: «La poesía es una llamada para captar la voz de la justicia». ¿Quién es el poeta, según Elio Fiore?

Te respondo con sus propias palabras: «Es un  poeta – decía Elio Fiore – quien ve la vida con ojo diverso de los demás y es poseedor de una verdad que debe transmitir a sus hermanos hombres. En esto consiste la misión del poeta, su mensaje: testimoniar su tiempo, el tiempo de la belleza, el tiempo de la poesía».

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motivazione-maria-di-lorenzoUN PREMIO QUE QUIERO DEDICAR

A LA MEMORIA DE ELIO

El ensayo literario “La luz y el grito” ha obtenido el Premio Literario Internacional Arché Anguillara Sabazia 2012 dedicado a los ensayos publicados por periodistas. Con la siguiente motivación:

“María A. Di Lorenzo trata de dar una imagen real del poeta Elio Fiore, en un texto revelador, fuerte, interesante, esencial. La potencia de la palabra poética es como un ovillo de sentimientos que se desenvuelven a lo largo de los fragmentos incandescentes desvelando su esencia más secreta, los significados más escondidos del alma para resurgir del abismo a la luz. Un profundo sentimiento religioso alimenta e ilumina interiormente su dolor. La palabra como arma de testimonio, instrumento de la comunicación, del resistir, marcado por la visión desgarradora de la persecución hebrea del Gueto de Roma, para no olvidar, en el empeño de permitir a cada hebreo de ser siempre un hombre libre”.

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NOS GUSTA PORQUE…

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cover fioreRecensión de Salvo Zappulla:

Existen seres humanos que nacen indefensos, imposibilitados a defenderse, porque son de espíritu noble, con corazón de niño, refractarios de las tentaciones materiales de esta sociedad perversa y votada al protagonismo, al figurar a cualquier precio. Existen los poetas, los soñadores, normalmente envueltos en el contexto que los rodea, sumergidos en su mundo mágico.  Son personas destinadas a la inmortalidad, su presencia en esta tierra ha dejado una marca indeleble, ha contribuido a hacer mejores a quienes los han conocido, han difundido riqueza de sentimientos, luz para iluminar, agua pura en la cual saciarse. Elio Fiore ha sido uno de estos. Y el libro de María Amata Di Lorenzo (Fara editores, 71 páginas € 11,00) es un  acto de justicia frente a este hombre.

¿Quién mejor que ella podía describir su recorrido existencial y poético? María Amata es una mujer de una gran sensibilidad, además de ser intelectualmente auténtica, sabe discernir la paja del trigo, sabe introducirse en las mineras profundas e inaccesibles per extraer las pepitas más preciosas. Con este libro, publicado después de diez años del fallecimiento del poeta, ha querido atraer la atención a su arte, a su ejemplo como ser humano, a su deseo de soledad, lejano de las contaminaciones, a los márgenes de la sociedad falsamente brillante y maloliente.

Sin embargo Elio Fiore era capaz de colocarse al centro del universo, portador de una verdad incomprensible para los demás, mensajero de fe y de ética. Su poesía lo liberaba de un estado de aparente estatismo, recorría un itinerario sagrado del alma, un canto de fe y de exultación, un himno de odas y de gratitud. Un hombre que cultivaba dentro de sí una riqueza extraordinaria, la fe y la esperanza. Una peregrinación espiritual, que surge como símbolo de búsqueda de la Verdad.

Una inquietud que podrá placarse solamente cuando podrá descubrir su propia identidad profunda, el misterio insondable que es. Como escribe la misma Di Lorenzo: «La poesía era la luz y el pan de su existencia. Era una mirada (no homologada) elevada cada día hacia el cielo, aquel cielo que nosotros – todos nosotros – hemos perdido de vista, hundidos en los simulacros de la modernidad. Un espacio amoroso, transparente como una flama, capaz de custodiar, dentro del torbellino de la historia, el simple secreto de la vida, en el parpadeante resplandor de un verso. Es oración y hermana de la fe».

María Amata ha podido conocerlo en persona, seguramente ha sido un encuentro entre dos espíritus elegidos, que ha enriquecido a ambos. Elio Fiore ha conocido también los horrores de la guerra, los bombardeos, la deportación de los hebreos, todo el mal que los hombres son en grado de ejercer a sus similares. Experiencias que han marcado su carácter y han inciso en su producción poética, hoy precipitadamente olvidada. Sin embargo Elio Fiore gozaba de la estima de escritores como Mario Luzi, Carlo Bo, Eugenio Montale, Giuseppe Ungaretti.

© Salvo Zappulla, Art-litteram, 24 marzo 2012 / La voce dell’isola, 30 maggio 2012 – all rights reserved

 

cover fioreRecensión de Maria Gisella Catuogno:

María Amata Di Lorenzo lo había prometido a Elio Fiore, antes de su temprano fallecimiento: habría escrito sobre él. Ha mantenido entonces su promesa con un libro denso y bellísimo que se intitula “La luz y el grito”, una expresión usada por el gran Mario Luzi para condensar en síntesis el horizonte poético de su colega y amigo romano. Que está basado sobre todo en una denuncia del dolor infligido, es decir el grito, a partir de aquel indecible e inconsolable 16 de octubre de 1943, cuando Elio era un niño de ocho años y presencia impotente y sorprendido a la deportación de los hebreos de los barrios pobres de Roma, a pocos pasos de su casa:

«Aquí, en el secreto que mi morada, excava la voz / de la memoria, en el fragor del Tíber crece la piedad, / viva del 16 octubre 1943. Cuando mi pie inocente / fue bañado con la sangre de los justos de Israel. / Cuando los impíos gritaban, derribaban las puertas con los fusiles…» (De purísimo azul, 1986)

La experiencia traumática quedará por siempre incisa en su carne, alimentando en el tiempo una aguda sensibilidad hacia todos los sufrimientos, a partir de aquel de los marginados, de aquellos que no tienen una casa, de la madre por la calle que, abrazada a su hijo, pide inútilmente una limosna a los transeúntes apurados, incapaces de reconocer en aquella mujer a María y en aquel niño a Jesús, en la excitación ciega y superficial de la vigilia de Navidad: «María estaba vestida completamente de negro / estaba en tierra firme, compuesta / entre los brazos abrazaba a Jesús. / En las calles repletas los transeúntes / iban distraídos, sin mirar / sin dar una lira de limosna». (da Myriam di Nazaret, 1992 )

Este es el grito de Fiore, la misión en la cual se siente encarnado para ser vista, estar siempre alertas,  con los ojos bien abiertos, para observar y testimoniar los males de la Historia. Una Historia que procede a tentativos, entre crímenes terribles e inenarrables injusticias pero que fatigosamente deja florecer de su magma de dolor el camino hacia la redención, la evolución, la afirmación lentísima pero segura del progreso.

Fiore, de hecho, además del grito entrevé la luz, la luz del Absoluto, que gobierna misteriosamente el mundo e infunda en sus criaturas humanas el deseo de buscarlo, de hacer la mitad de su fatigoso camino en esta Tierra difícil y extraordinaria.

Frente a la unicidad de la belleza terrestre, de la vida y de la misma cotidianidad, en la cual nada es banal, ni siquiera los gestos más consuetos, el poeta romano exprime encanto y estupor. Porque la existencia misma es un milagro y no subsiste una solución de continuidad entre lo visible y lo invisible, realidad material y metafísica.

María Amata Di Lorenzo nos cuenta con pasión este mundo poético, que es lírico y épico al mismo tiempo, lleno de una fe sólida como la roca y su lenguaje elástico, linear, a veces humilde, extremamente comunicativo y eficaz; un lenguaje que permanece dentro por la flama que lo alimenta.

Y nos hace conocer al Fiore hombre: el amor por los niños, la reserva, el fastidio por los falsos literarios y por quien se abre paso a codazos para afirmarse, el cristianismo siempre rezumante de su fuente hebrea, la gloria por la amistad dada y recibida – Giuseppe Ungaretti, Eugenio Montale, Carlo Bo – la veneración por Leopardi, de quien ha tomado el título para la recopilación De purísimo azul, septenario de la Ginestra que se ha convertido también en el nombre del blog cultural creado por la propia Di Lorenzo.

Es decir, un libro precioso para conocer más profundamente un poeta del que se han ocupado los más grandes intelectuales italianos pero que con respecto al gran público debe aún hacer escuchar su grito y hacer resplandecer su luz.

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PARA USTEDES LECTORES

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Un día el poeta Biagio Marin estaba en la playa de Grado, su ciudad, concentrado en intentar fotografiar el cielo nebuloso. Pasó a su lado una niña que le dijo con un velado reproche: «No se fotografían las nubes». A lo que él, ligeramente sorprendido, respondió: «Pero sabes, yo soy un poeta». Y ella, lista para responder con mirada despierta, replicó: «Qué va a ser, si todos los poetas están muertos»

Me regresaba a la memoria este episodio el día en que – en enero del 2012 – he tenido entre las manos las primeras copias de mi libro, La luz y el grito, dedicado al poeta Elio Fiore. Porque cuando yo lo conocí, en el lejano año 1993, dirigiéndome a su casa para hacerle una entrevista, era la primera vez que conocía un poeta vivo. Incluso para mí, de hecho, los poetas hasta aquel momento estaban “todos muertos”, como para aquella niña en el muelle de Grado, habiendo terminado recientemente mi experiencia durante los años universitarios en los que había estudiado y amado centenares y centenares de autores, que necesariamente habían nacido y vivido en otras épocas.

Con Elio Fiore en cambio me acercaba a un poeta viviente, un poeta con el cual desde aquel día estreché una larga e importante amistad, que ha durado hasta el día de su muerte y que no ha concluido, porque hoy continua, misteriosamente pero concretamente, en un plano diverso.

Cuando lo encontré, me di cuenta que vivía pobremente, sin embargo me parecía el hombre más rico del universo: tenía una gloria interior, una alegría increíble, irresistible, y yo quería entender de dónde venía esa gloria, ese fervor, esa fe. Ha sido muy importante para mí poder disfrutar de su amistad, y con este libro he cumplido una promesa. Elio, de hecho, me hizo prometer que luego de su muerte le habría dedicado un libro, me lo hizo prometer solemnemente. Y, como saben, todas las promesas son una deuda.

Este volumen, La luz y el grito, ha sido publicado exactamente en el décimo aniversario de su fallecimiento por Fara Editores, ahora también disponible en versión ebook, y espero tanto que ustedes quieran leerlo, que les guste y que, sobre todo, los haga conocer a un poeta capaz de emocionarlos como me emocionó desde la primera vez y de hacerlos descubrir “el secreto” de su increíble felicidad.

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La poesía era la luz y el pan de su existencia. Era una mirada (no homologada) elevada cada día hacia el cielo, aquel cielo que nosotros – todos nosotros – hemos perdido de vista, hundido en los simulacros de la modernidad. Un espacio amoroso, transparente como una flama, capaz de custodiar, dentro del torbellino de la historia, el simple secreto de la vida, en el parpadeante resplandor de un verso…

María Amata Di Lorenzo

 

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