Murakami: las palabras que saben crear puentes entre nosotros

haruki-murakami1-570x300Haruki Murakami me reconcilia con el mundo. Cada vez que tomo en mano un libro suyo, como normalmente sucede leído y releído tantas veces, me prometo siempre que leeré solamente dos o tres páginas y en cambio termino devorándolo por horas, y me parece como si fuera la primera vez que lo leo, y no como, no bebo y ni siquiera voy al baño… pero sobre todo, me hace venir muchas ganas de escribir, enciende mi motor de la escritura, y las palabras se agrupan todas de golpe, quieren salir, tener un cuerpo y una sustancia, convertirse en historias. Porque las palabras que él escribe crean puentes, a través de los cuales pasan las emociones, los dolores compartidos y los pensamientos, una geografía de sentimientos, impalpable y universal.

Al sur de la frontera, al oeste del solHoy he leído nuevamente “Al sur de la frontera, al oeste del sol”

Hajime había vivido en un universo habitado solamente por él: hijo único cuando, en el Japón de los años cincuenta, era rarísimo no tener hermanos o hermanas, había hecho que su propia excepcionalidad fuera una fortaleza en la cual se podía refugiar, un modo para acallar aquella sensación constante de no estar nunca en el lugar en el que quería realmente estar. En cambio un día descubre que la soledad es solamente una habitud, no un destino: lo entiende cuando, a los doce años, aprieta la mano de Shimamoto, una compañera de clases que estaba sola como él, quizás aún más: la distinguía no solamente su condición de hija única, sino también su andar renqueante, como si en aquel caminar fatigoso e incierto se encerrara toda su dificultad a ser una criatura de este mundo.

Cuando comprendes que no estás destinado a la soledad, que tu lugar en el mundo está solamente donde está ella, comprendes también otra cosa: que estás enamorado. Pero Hajime se dio cuenta demasiado tarde – es una de esas enseñanzas que se aprenden solamente con la experiencia – cuando la vida lo había separado de ella. Como el dolor de una extremidad fantasma, como una ligera cojera existencial, Hajime se volverá un hombre y acumulará amores, experiencias, dolores, errores, pero siempre consciente que la vida, la vida verdadera, no es aquella que está disipando, sino la otra, aquella que habría podido tener con Shimamoto, aquella en un lugar indefinido, al sur de la frontera, a oeste del sol.

“Las ilusiones de un tiempo no me habrían ayudado más, no habrían creado más sueños para mí. No restaba nada más que el vacío, aquel simple vacío que me había acompañado por años y al cual había tratado de adaptarme. Había regresado al punto de partida, pensé, y debía habituarme. Ahora me tocaba crear sueños para los demás, esta sería mi nueva labor. No conocía el poder de estos sueños, pero si mi vida tenía un significado, era el de continuar con todas mis fuerzas esta obra. Quizás”.

“Shimamoto, ¿nos veremos de nuevo?

“Quizás” respondió ella. En sus labios apareció una ligera sonrisa, como humo sutil que se eleva en un día tranquilo sin viento. “Quizás”.

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