Al umbral del invisible

216609_250518178300210_235237026494992_1050069_6943798_n (2)«El infinito te alcanza por aguas estrechas», dice un verso del poeta francés Jean-Pierre Lemaire. No son aguas, sino calles igualmente estrechas, las que rodean el santuario de la Divina Misericordia, en Roma, y acogen las voces susurrantes de los transeúntes junto al lento murmurio del Tíber, que corre plácido e indiferente a pocos metros de este importante centro de espiritualidad, que el pontífice Juan Pablo II quiso dedicar al culto de la Divina Misericordia.

Aquí, después de haber recorrido las calles estrechas y sombreadas que forman una red alrededor de la basílica de San Pedro, llegan los pelegrinos, los devotos, las personas no creyentes o que están a la búsqueda, la variada humanidad con el corazón herido y ninguno a quién confiarlo, ninguno a quién confiar sus propias penas secretas.

Vienen al umbral del invisible, con el alma cerrada en una burbuja de soledad y de descontento, y no hay nada que entender: solamente creer, dejarse llevar. Abandonarse al amor, o mejor dejarse amar, dejarse encontrar por Dios, antes que encontrarlo.

Vienen a tocar la puerta de un Padre misericordioso del cual quizás el día anterior ni siquiera conocían la existencia. Y aquí comprenden que abandonarse quiere decir simplemente aceptar la paternidad de Dios. Saber que el fundamento de cada cosa está en la consciencia de pertenecer a Alguien, en la certeza de tener un Padre.

En el Santo Espíritu en Sassia hay un vaivén continuo de gente, a cada hora del día y en cada día del año. Aquí el cielo no está vacío, aquí vienen las personas que han conocido bien los infiernos de la vida, con historias humanas marcadas por momentos de gran fragilidad y desilusiones. Y quien ha experimentado profundamente la potencia de las tinieblas no tiene miedo de confiarse a la fuerza aparentemente débil de la oración.

Confesiones, pedidos, silenciosos y luminosos cirios delante de la gran pintura que campea a la derecha de la capilla, aquella con Jesús bendecidor de cuyo pecho parten dos rayos, rojo y blanco, y abajo un gran escrito que dice Jesús confío en ti.

En la misma capilla hay una estatua que representa a santa Faustina Kowalska, una monja polaca que vivió en la primera mitad del siglo pasado, canonizada por Juan Pablo II en el gran Jubileo del 2000, de quien dijo al mundo entero que era la mensajera de la Divina Misericordia para la humanidad del tercer milenio.

Para el papa polaco, hoy santo, en la misericordia se encuentra resumido y nuevamente interpretado para nuestros tiempos el misterio de la Redención. «Les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a los otros; como yo los he amado, así ámense también ustedes los unos a los otros» (Gv 13, 34-35).

Este mandamiento de Jesús ¿qué otra cosa puede ser si no el mandamiento de la misericordia?

Lo ha comprendido bien nuestro Papa Francisco que el 13 de marzo del 2015, día del inicio del tercer año de su Pontificado, con la Bolla Misericordiae Vultus ha establecido el Año Santo extraordinario, el gran Jubileo de la Reconciliación.

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